Autor Agua es vida: viaje al delta del Mekong

javierver

  • Casi, casi Vietnamita
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Agua es vida: viaje al delta del Mekong
Nos levantamos de la cama temprano en la mañana.
Había que ultimar los últimos flecos del viaje,  antes que vinieran a buscarnos para llevarnos
al aeropuerto.Tanta ilusión habíamos puesto en prepararlo.
Cambiábamos por 20 días, el sube y baja, las curvas de la carretera,  y el coche,
por carreteras que transcurren por paisajes planos, verde esmeralda de los arrozales, atravesando ríos sin puentes (por barcazas), de trazado recto, y la moto,
no debiendo superar en nuestros desplazamientos los 40 km por hora marcados en el país como velocidad límite, para todos los vehículos que circulen por ella.
 
Nos vamos al PAIS DEL AGUA, a esa región única del planeta, donde el agua, el rio y sus crecidas y bajadas,  marcan las vidas  cotidianas de esta gente de costumbres diferentes.

       Todo preparado. Salimos de casa. Llegamos al Aeropuerto.  Embarcamos en el primer avión del viaje,  rumbo a la capital. Al aterrizar en Madrid,  nos toca esperar unas horas hasta volver a embarcar de nuevo.  Decidimos movernos en Metro hasta Barajas Pueblo en busca de donde poder comer algo. Justo enfrente de la salida de la boca del metro del pueblo, se encuentran varios bares para elegir. Hace frio.
Nos decidimos por uno llamado “el Viajero”.  En ese momento nos pareció bien.
El bar lo regentaba una señora rumana y su hija, mujeres adorables.
Resulto un tiempo de lo más ameno. Lo que suponíamos tremenda espera,
pasó veloz, y nos reímos.
Qué primera escala tan divertida!!

       Desde Madrid volaremos con la compañía aérea Emiratos, haciendo escala en Dubái.
Aquí disponemos de tres horas para satisfacer nuestra curiosidad en torno a este aeropuerto, ordinariamente grande. Nos encantó la terminal donde estuvimos.  Multirracial.
 En los pasillos nos cruzábamos con personajes de cualquier territorio del globo.
  Seguimos camino. Embarcamos y el avión despega  por tercera vez para nosotros, ahora desde el aeropuerto de Dubai.
       Aproximadamente unas  siete horas nos separaba de nuestro destino final en Saigón,
 sur de Viet Nam.

       Era la tarde avanzada. El cielo se había oscurecido  cuando aterrizábamos en el aeropuerto de la ciudad de Saigón. Salimos del recinto y buscamos la parada del bus que nos acerque al centro de la ciudad. Pero era las 6,00 pm. la hora del último trayecto  del bus, según
nos informaron amablemente unos chicos vietnamitas.
  No fué nada complicado conseguir un taxi, agrupados a la espera de los clientes en las puertas de la terminal de salida. Tampoco hubo que regatear por el precio del trayecto, establecido oficialmente en 10$ US.
En poco más de media hora estaremos a las puertas del Mercado Central preferido por los turistas para realizar las compras de souvenir y ropa. Una vez allí, nos será fácil llegar al hotel a pie. 

Estábamos muy excitados.
Volvíamos a nuestro querido  “hotel  Titi” situado en el cordial y tranquilo callejón, donde en su pequeña y pulcra habitación podremos descansar del ajetreo ruidoso de esta ciudad tan dinámica.
Que ganas de llegar a la habitación donde asearnos,  abrir la maleta y vestirnos con  camiseta, pantalones cortos y chanclas. La temperatura era calurosa. Volvíamos a estar  en Verano.
 Apreciamos todo aparentaba seguir tal cual lo dejamos el año anterior, excepto un nuevo negocio de pasteles y bollería en la esquina de la calle.
Un par de noches en el bullicio de la ciudad fue suficiente para desear salir raudo hacia nuestro tour por el rio Mekong en su desembocadura.

En esta zona del sur de Viet Nam todo parece ir más deprisa que en el resto del país.
 A lo largo de nuestro viaje pudimos comprobar como alguna cosas habían cambiado,
del año anterior a este, o en las referencias leídas en las guías de viaje.
Fue una desilusión comprobar que el barco con el que pretendíamos arrancar el viaje,  abandonando Ciudad Ho Chi Minh para atracar en la populosa ciudad de Can Tho,  introduciéndonos en la zona del  Mekong  a través del Mar de la China Meridional, 
había dejado de comunicar las dos ciudades. Soñabamos con surcar a toda velocidad las oscuras aguas del rio que se transforman en estela blanca al paso del barco rápido.
Ya que no cuenta con servicios ferroviarios esta parte del sur del país, la otra opción que se nos presentaba era la carretera. Empleando el mismo tiempo en realizar el trayecto que el barco, el bus resultaba bastante menos excitante. Además,  viajando a una región donde el rio es todo,  el agua era el medio ideal para presentarnos, pero no pudo ser en esta ocasión.
 
  Existen varias estaciones de autobuses en Ciudad Ho Chi Minh según la dirección del trayecto a realizar.
Nos sorprendió enterarnos  del cierre, cuando quisimos adquirir los billetes de la compañía  de autobuses que resultaba ser más cómoda y eficaz. La misma  empresa  era una de las compañías importantes que operaban  con taxis en la ciudad.
En la estación del bus un chico joven se sentó junto a nosotros y se otorgó la responsabilidad de indicarnos cual y cuando era el autobús que nos transportaría hasta la ciudad de Can Tho.
Esta ciudad, sin nada interesante que ver, resultaría ser un lugar cargado de agradables sorpresas.
De antemano, no lo hubiéramos  dicho.
Lo normal en la visita, es usar la ciudad como punto de partida donde buscar la manera  económica y atractiva de visitar los Mercados Flotantes. Es aconsejable no dejarnos embaucar por la primera oferta que se nos presente y dedicarle algo de tiempo a la búsqueda que mejor nos parezca y mejor se adapte a nuestras necesidades antes de decidirnos por una.

“Dong”, como suena el `plato metálico para llamar a comer, como el mismo hacía alusión ,  era el nombre de nuestro guía encargado de enseñarnos, en  primer lugar, un mercado flotante ambientado de barcas grandes  propulsadas con motores de coche o camión, adaptados como motores fuera borda, a las que no faltaba pintados en proa, un ojo a cada lado para poder ver en las oscuras aguas del Mekong , según cuenta la tradición.
Era un mercado flotante concurrido de barcos cargados de frutas y verduras,  y alargadas barcas con bancos de madera, repletos  de turistas haciendo fotos sorprendidos del espectáculo ante sus ojos. Tampoco falta la alta pértiga que coloca en su punta la fruta o verdura que la embarcación ofrece,  facilitando así poderlos divisar desde lejos a los posibles compradores.

Después de esta visita nos dirigimos hacía otro mercado flotante, esta vez constituido por barcas pequeñas sin motor, movidas como suele ser costumbre en estas aguas, por brazos de  mujer. Y es que aunque nos sorprenda,  las barcas a remos suelen ser territorio de mujeres, ataviadas con sus sombreros cónicos,  parecen  estilizar su figura, de aspecto limpio y vestimenta cuidada. Los remos están adaptados para utilizarlos de pie,
sin verse obligados a doblar la espalda,  pudiendo  divisar y sortear los posibles objetos que puedan traer las aguas del rio.
Las barcas que ofrecen sus productos en este mercado, suelen ser campesinos  que habitan en los alrededores,  llevando las cosechas de sus huertos a vender.
 En este mercado flotante, pequeño pero autentico,  sin tantos turistas,  recuerdo haber fotografiado el BARCO BOUTIQUE donde comprar vestidos, ropa, zapatos y bolsos,
 el  BARCO BAR donde beber un café caliente o refresco frio,
 o el  BARCO RESTAURANTE donde sin bajarte de tu embarcación, poder saciar el apetito matinal con arroz o pasta con verduras humeantes. Que bien olían.
Y si tienes necesidad de rellenar el tanque de combustible, ningún problema con el
BARCO ESTACIÓN DE SERVICIO

javierver

  • Casi, casi Vietnamita
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Re:Agua es vida: viaje al delta del Mekong
Los desplazamientos hasta los mercados flotantes los hacemos en una pequeña y alargada barca conducida por Dong, nuestro guía, con el que nos esforzamos en descifrar su inglés de fuerte acento vietnamita con el que se expresa.  Dong a cada rato se arrima a los bordes del rio, repletos de palmeras y otras plantas, de donde va adquiriendo hojas de coco y flores con los que confecciona en los trayecto  diversos objetos, como saltamontes, anillos, pendientes y otras manufacturas que decora con flores y hojas de colores, obsequiándonoslas , intentando amenizarnos las horas de viaje en barca.
Recuerdo como era frecuente tener que parar el motor y levantar la hélice para limpiarla colmatada de bolsas de plástico que arrastraba el rio, las cuales por supuesto, volvían a su cauce. La población paso de ayer mismo envolver con la hoja de platanera, a hoy, utilizar la bolsa de plástico para todo. No se creó aún una conciencia.

Un paseo, esta vez andando, entre  verdes arrozales, huertos lindados de árboles  repletos de papayas  y pequeñas casas de madera habitadas por campesinos, todo enmarcados entre canales de agua,  nos permitía contemplar la vida cotidiana de la gente del campo en esta zona, conduciéndonos a un merendero de techo de chapa y ventiladores que mandan aire en todas direcciones, donde comimos a medio día.
Tras la comida volvemos a la barca, para desplazarnos ahora con los remos,  sin la molestia del ruido del motor,  deslizándonos  por pequeños, a veces angostos,  selváticos canales.
 La superficie del agua, hace la función como un espejo de todo lo que tiene alrededor, creando una atmosfera que no hay palabras para describir su belleza. El reflejo de esta  exuberante vegetación en el agua, estará presente durante  todo el viaje y será un recuerdo que permanecerá en nuestra mente para siempre imposible de borrar.
De igual manera inolvidable  fue ver el amanecer de ese mismo día embarcados de madrugada, rumbo a visitar los mercados flotantes con Dong,  con un sol naciente bien colorido de rojo. Las aguas se teñían carmesí, parecían arder,  con el reflejo del Sol hacía sobre las  aguas del Mekong.
 
En nuestra labor marcada de viaje, buscábamos el apoyo de quien nos saque de los recorridos  turísticos típicos y nos facilite adentrar en las entrañas de esta cultura.
Sabíamos de un cocinero francés, afincado en la ciudad donde nos encontrábamos, Can Tho.
Decidimos contactar con él.  Christian, su nombre, estaba casado con una mujer vietnamita, y regentaba un restaurante en la ciudad. Avisándole con un día de antelación, podía organizar una excursión a la carta en moto de varios días por el sur de Viet Nam.
Hablamos al teléfono y quedamos en pasarnos para conocernos por su restaurante a cenar
esa misma noche.  Cenamos  LAU, especialidad vietnamita y de la casa y hablamos acerca de los posibles sitios para visitar.
Nos decidimos por dedicar dos días junto a Christian, para hacer un viaje en moto por carreteras apartadas.  Saliendo de Can Tho antes del alba, para evitar policías, iremos rumbo para pasar noche en Chau Doc. El siguiente día lo emplearíamos para volver de nuevo a Can Tho por carreteras y caminos diferentes.   

Pero antes de embarcarnos en esta aventura, Christian necesitaba un día para preparar el viaje, lo que no provocaba tener que pasar un día más en el mismo lugar, sin nada interesante de antemano por hacer.
Ese día de espera, sin nada programado, nos dio para hacer nuevas entrañables amistades. También tiempo para hacer una visita a la pagoda china más importante de la ciudad.
En esta pagoda consagrada al incienso, toda la parte alta de la construcción y donde había un hueco, abundaban colgadas del techo grandes espirales confeccionadas de esta materia, que ardían lentamente.
La luz en el interior era difusa por el humo del incienso quemado y el aire estaba contaminado,  a pesar de los  ventanales en el techo provistos de grandes ventiladores que aspiraban el humo  al exterior. Nos pareció un lugar curioso por este motivo.

Pasado este día de espera que necesitaba nuestro guía francés, quedamos de madrugada en la puerta de su restaurante para coger la moto. Estábamos nerviosos por arrancar.
Los dos días de tour en moto pasados junto a Christian fueron muy agradables e interesantes para nosotros. Con gracioso acento francés chapurreaba suficiente español para entendernos y sentirnos cómplices en sentimientos, al enseñarnos el Mekong profundo,
 lugares inexplorados por los turistas.
El guía francés, también hablaba vietnamita. Nos servía de intérprete y nos ayudaba a comprender.
Respondía de buen grado, a nuestras insistentes preguntas acerca de las gentes y costumbre que encontrábamos a nuestros pasos en las frecuentes paradas para comer algo o descansar de la moto.

Al despedirnos  en la puerta de su restaurante, al finalizar el segundo día del tour,
 nuestro guía, con el que hicimos buenas migas, nos sorprendió con una fantástica invitación:
Mi suegra, nos contaba, vive en una pequeña casa de madera rodeada de verdes campos de arroz. Ella ha asado un cochinillo y necesita personas para comerlo. Es una oportunidad para vosotros de ver de cerca la vida de las familias vietnamitas en el campo.
Iremos en moto, junto  con dos parejas mixtas amigas (francés y vietnamita)  y sus hijos.
Pasar otro día más con Christian nos pareció una idea fantástica.
La casa de su suegra,  con el canal de agua y la buganvilla en la puerta y el entorno,  plano y verde de los campos de arroz enmarcado por los canales, creaban un entorno idílico.
 El cochinillo asado estaba delicioso, para ponerle un piso. Sus amigos eran gente amable y divertida. Lo pasamos muy bien y casi terminamos hablando ellos español y nosotros francés.

A pesar de las advertencias de Christian cuando nos despedíamos, la provincia de Cau Mau  al Sureste de Viet Nam, ejercía una enorme atracción para nosotros por visitarla. Era territorio sin colonizar por los turistas, por lo que tendríamos problemas para hacernos entender.
En ese lugar la gente solo habla vietnamita, nos decían.

Pero quién dijo miedo?  Al día siguiente nos levantamos y cogimos un bus que nos transportará de Can Tho hasta la ciudad de Cau Mau, famosa por sus gambas.     
Lo primero que hicimos al llegar, con hambre canina, fue comer unos fideos de arroz con verdura en un establecimiento del mercado.  De nuestra boca salía fuego del picante de la comida, e incluso nos ofrecieron un pequeño bol por si queríamos añadir un poco más.
 En un instante nos convertimos en la atracción del mercado,  viéndonos rodeados  de un coro de personas  a nuestro alrededor sonriendo al vernos comer. Y es que estaban poco acostumbrados a ver turistas por este lugar.

En esta ciudad, la pesca es una actividad importante de la economía, junto con el cultivo del arroz. Era curioso observar, como toda la actividad comercial e industrial de la ciudad se volcaba al río. Las empresas y talleres se situaban en la ribera. Tenían  una pequeña puerta dando a la calle y una gran puerta dando al rio, siendo las embarcaciones las responsables de hacer los traslados de las mercancías a través de él. Al no existir muchos puentes en la ciudad, las personas utilizaban el servicio de barcas a remos para pasar de un lado a otro del cauce,  siendo esto algo habitual en todo el Delta.

Resulto ser cierto lo que nos habían dicho, nadie hablaba inglés.
Buscar hotel  para dormir también resulto engorroso. En las camas, las sabanas confeccionadas con  fibras no naturales, no contenían  algodón, no eran una buena opción para noches calurosas con un alto grado de humedad. Otros hoteles no cambiaban las sabanas y estaban sucios, algo poco habitual a lo que no estábamos acostumbrados en Viet Nam.
Nuestra salvación vino al hospedarnos en el Hotel Internacional, según experiencia,  el único se salva de la ciudad. Hablaban inglés y amablemente nos proporcionaron la información necesitada para visitar los dos sitios que nos interesaban de Cau Mau.
Por un lado estaba la excursión al último lugar pisable, en los confines de Viet Nam, en la punta Sureste de país. Un lugar virgen de impresionantes  manglares, donde se juntan dos mares conformando una línea recta de dos colores, en el lugar donde se unen. Para llegar allí nos informaron solo había un barco a las 6,00 am.
La otra excursión apetecida era la visita al Parque Nacional del Bosque de Uminh, un reducto de bosque no arrasado por bombas, ni químicas, en la guerra con los americanos.  Una joya natural mimada por el gobierno. Nos podríamos hacer una idea de como sería el paisaje antes de los ataques destructores de la guerra.

A primera hora de la mañana, estando preparados para salir a conocer este espacio natural, el señor que nos traía las motos de alquiler al hotel para desplazarnos al lugar,  nos informó de la imposibilidad de la visita, ya que el parque se encontraba cerrado temporalmente a las visitas por falta de agua. Que desilusión.
Como ya era tarde para embarcarnos en el barco hacia los manglares, la otra excursión prevista en el lugar, decidimos abandonar finalmente la ciudad de Cau Mau.
 
Como información adicional a posibles visitantes interesados en conocer Cau Mau, diré que existe una agencia turística que ofrece gestionar estas excursiones. Pero ni el trato personal  de los empleados, ni los precios que ofertan por organizar la excursión, realmente desorbitados,  hacen aconsejable no perder el tiempo con ellos.

Por lo demás, esta ciudad y sus gentes, nos dejaron un agradable recuerdo. La dificultad para hacernos entender sin la ayuda del inglés, al no ser sitio turístico, tenía su gran contrapunto en el trato con las personas.  A veces ocurre,  que estos  valores humanos aquí presentes,
 se pierden en la población de sitios acostumbrados a tratar con forasteros.

Abandonamos con desgana Cau Mau para encaminarnos en bus hasta el pueblo costero de Ha Tien,  población pesquera junto a la frontera camboyana que no reviste gran interés. Un largo y tortuoso camino en minibús que nos lleva toda la jornada. El viaje nos sirve para admirar los distintos paisajes por donde transcurre la carretera, como es normal aquí en Viet Nam, repletas de vida que se desborda desde los márgenes en forma de merenderos con hamacas donde descansar, casas, establecimientos diversos y personas andando, en bici y en moto, gallinas y patos. Incluso a veces se utiliza parte de la vía como secadero improvisado de arroz. Se diría que las carreteras son como interminables avenidas llenas de vida.

Los días pasan rápido y debemos sentarnos a plantearnos la siguiente escala del viaje.
En Ha Tien se nos plantea un cruce de caminos. Si nos dirigimos hacia izquierda,
embarcaremos en el ferry que enlaza el pueblo con la turística isla de Phu Quoc.
A la derecha y por carretera,  hacia la cosmopolita ciudad fronteriza con Camboya,  Chau Doc, donde queremos visitar los poblados  palafitos de los kmer a orillas del rio.
 Contar con que la montaña se derrumbó sobre el cauce del rio por donde transcurría el trayecto del barco que unía Ha Tien con Chau Doc y lógicamente por el momento dejó de funcionar.

En repetidas ocasiones nos repitieron a lo largo del viaje, que la Isla de Phu Quoc, a pesar de ser turística, la parte norte de esta poseía una selva autóctona  bien conservada y paisajes de montaña y costas interesantes, lo que nos motivaba a dirigir los pasos hacia allí.

Tras pasar noche en Ha Tien, decidimos coger el primer barco de la mañana que soltaba amarras a las 10.00Am. El billete para el barco lo compramos en la recepción del hotel, la forma más práctica y segura de gestionar las compras de ticket de transporte en el país.
El día estaba feo, nublado y con viento. La mar alborotada.

En poco menos de dos horas desembarcábamos en la isla. En moto –taxi nos trasladaron a la principal población. Aquí alquilamos una flamante Yamaha scooter que nos serviría para conocer el entorno, con la ayuda de Robin, de Robinson Crusoe como él se sentía,  un personaje enamorado de su isla que mantenía su propia guerra particular contra la especulación de terrenos naturales protegidos para la construcción de complejos urbanísticos de hoteles y apartamentos.

javierver

  • Casi, casi Vietnamita
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Re:Agua es vida: viaje al delta del Mekong
Con Robin contratamos dos días de tour en moto por la zona norte de la isla.
El primer día de excursión, Robin nos llevó hasta una casa de madera asentada en la desembocadura de un rio, cerca del mar. Era la vivienda de una joven pareja vietnamita dedicados a la pesca. El entorno donde se situaba la casa era paradisiaco.

El chico nos indicó que montáramos en la barca amarrada en la orilla, junto a la casa, tomando rumbo aguas arriba, seguidos por los siete perros que seguían a su amo por la orilla o por el agua, según se diera. Estos perros son autóctonos de la isla, destacando su fortaleza y lealtad al dueño, como pudimos comprobar. También es característica su lengua de color azul y su lomo de pelo encrestado.
Este paseo en barca, resulto la mejor experiencia vivida en la isla y uno de los mejores del viaje, sobre todo cuando nuestro guía paró el motor y agarró los remos para deslizarnos entre pequeños canales, rodeados de densa y variada selva que se reflejaba espectacular en las tranquilas aguas del canal. La vegetación era exuberante, para disfrutar por quien tenga
conocimientos sobre plantas.
Nos  desplazábamos por canales con las riberas densamente conquistadas por diferentes especies de manglares.  En un momento dado, la barca se arrimó junto a la masa de manglar y en un visto, no visto nuestro guía lanzo su brazo hacia una rama del manglar, cogiendo una serpiente que para nosotros había pasado desapercibida. Se quitó los pantalones sin soltarla, hizo un par de nudos  en él y la guardo dentro de la bolsa creada. Sorprendente.
 Después la vendería.
Más tarde, comimos en un local en una playa de arena blanca. Comida rica y un lugar muy agradable.
El segundo día de excursión con Robin,  no resulto tan excitante como el primero. Algo de jungla, algo de playa, pero nada que nos hiciera olvidar lo vivido el día anterior. El mayor recuerdo de este día, los caminos de pista de tierra roja entre los altos árboles de la jungla.

A la mañana siguiente abandonábamos la isla de Phu Quoc, saciados de pescado fresco, marisco y naturaleza. De allí saltamos en barco hacia la industrial Rach Gia, pisando de nuevo en la costa del continente.  A pesar de ser este trayecto más largo que la travesía de ida desde Ha Tien, lo pasamos  de risas con una divertida película africana pasada en la tele del barco. 
    En frente del puerto donde amarraba el barco que nos trajo hasta Rach Gia, encontramos la estación de autobuses. Nuestra idea ahora, debido a que los desplazamientos por carretera son lentos y a esta altura del viaje  con poco tiempo de vacaciones por delante, era la de irnos acercando, aunque suavemente, hacia la capital del sur de Viet Nam, Ciudad Ho Chi Minh.

Los alrededores de la ciudad de  My Tho, nuestro siguiente destino,  las aguas del rio Mekong nos reservaba  una nueva sorpresa.
 El bus nos paró en una parada improvisada en una avenida de My Tho, donde montaba guardia a la espera de turistas, Chum, un vietnamita buscavidas, que carpeta en mano, nos abordó ofertándonos alojamiento en la ciudad. Tras larga y dura negociación, ya familiarizados con el regateo a estas alturas del viaje, nos propuso un alojamiento en una casa particular que nos pareció correcto. Chum nos condujo en moto,  sacándonos de la ciudad,  hasta llevarnos a una zona laberíntica de huertos y pequeñas casas, comunicados por estrechos caminos de hormigón o tierra, inundados de agua en ese momento hasta media rueda de la moto. Casi no se apreciaba el camino por dónde íbamos. Ante la impasibilidad de Chum ante esta situación, le pregunte que a donde me llevaba, estaba todo inundado. Él se echó a reír, diciéndome que el agua se iría en un rato.
Yo no lo entendía, pero callé. Me preguntaba de donde venía tanta agua, para luego irse en un rato. Espere acontecimientos.

 Tay y su mujer nos esperaban para enseñarnos la casa. No recibieron cordiales ofreciéndonos fruta. La casa no tenía nada de particular, una casa típica campesina, pero el entorno lleno de árboles y palmeras nos pareció espectacular.
Tay ante la subida del agua, llego a poner una tabla sellándola con tierra, en la puerta del muro de la valla de la calle para impedir su entrada en la parcela de la casa.  Ante nuestra  curiosidad ante el evento,  nos explicó que en esta zona del delta, al hallarse cerca del mar, el rio Mekong no sufría apenas las fuertes subidas del monzón. En cambio, durante varios días coincidiendo con Luna Llena y Luna Nueva, como era en ese momento,  ocurría que por dos o tres horas  el rio Mekong  cambiaba el sentido de la corriente de agua, y en vez de correr rumbo a su desembocadura en el mar, el agua subía rio arriba ascendiendo el nivel rápidamente e inundando todo a su paso,  para en dos o tres horas volver el agua a su cauce normal. Nos pareció algo divertido y surrealista.

Los paseos en bicicleta por los alrededores eran encantadores, entre árboles frutales diversos, palmeras de coco, flores y antiguas típicas casas de madera con techos de hoja de palmera de agua. Era raro toparnos con algún turista y la gente se mostraba sonriente y encantadora. Que buenos ratos pasamos en este lugar, con el agua del Mekong tan presente. Incluso en el agua de la taza del wáter, lavabo o ducha. Tardamos tiempo en perder el olor característico del agua del rio en nuestra piel.

Tay aunque algo desastre, tenía buen corazón. Él se disculpaba diciendo que todo lo hacía por el bien de sus hijos.
Desde que llegamos nos habló de que nos llevaría a enseñarnos  unos insectos con luces.
 Su inglés tampoco era muy claro, y nos tenía intrigado con aquello que él le daba mucho bombo.
Después de cenar, era la última noche que dormíamos en esta casa, le apremié a que nos llevara a ese lugar mágico donde habitaban esos especiales insectos. Tay respondió con una sonrisa en su cara, no había que ir a ningún sitio. Los insectos estaban allí mismo, alrededor de la casa.
Cooomo?  Exclamé.
Tay se levantó de la mesa, apago las luces de la casa y nos indicó miráramos a los árboles.
 Era cierto, posados en las ramas y troncos, o revoloteando de árbol a árbol, se divisaban unos puntos de luces verdes fluorescentes en la oscuridad de la noche de Luna Nueva.
 Estos insectos, nosotros poco acostumbrados a verlos, eran luciérnagas. Tay sorprendido ante nuestras caras de asombro, decidió llenarnos la habitación de los bichitos de la luz.
 Vais a tener una noche romántica, decía. Ver a toda la familia con palos y ramas participando en la captura de los insectos para agradarnos, nos emocionó grandemente. Todavía hoy al recordarlo.

Temprano en la mañana, Tay organizó para que vinieran a recogernos dos moto-taxi, que nos llevarían hasta nuestra última escala en el Delta, la última parada antes de ir a coger el vuelo en Saigón, para volver a casa.
 El año anterior, en nuestro viaje por estas tierras bajas, quedamos prendados de los paseos en bici, disfrutando de los canales entre los huertos naturalmente ajardinados y floridos de la isla de Ain Bin, en Vinh Long. Nos resistíamos a abandonar el país sin repetir esta experiencia.
Los chicos de las moto-taxi no tuvieron inconveniente en llevarnos desde My Tho a Ain Bin, isla en el cauce del rio Mekong formada por las tierras aportadas a las aguas en su curso.
Para dormir en la isla, volvíamos a repetir, disfrutando otra vez en la casa palafita al pie del caño de agua, donde tan bien nos sentimos el año anterior. Esta vez, también gozamos de días gratos de sol en los paseos en  bici descubriendo la isla. Momentos de quietud, 
.para tomar conciencia  de despedirnos del calentito PHO cocinado con leña y usar los palillos de madera para comer.
 
Nos despertamos sin prisas. Había buena combinación de buses entre Vinh Long y la capital del Delta. El vuelo de regreso a casa lo teníamos por la tarde. Todavía nos daba tiempo de hacer algunas compras de última hora en Saigón, antes de la salida del avión hacia Madrid y después a casa.

font

  • Vietnamino
  • *
Re:Agua es vida: viaje al delta del Mekong
vamos a viajar a Vietnam en febrero 2014,nos gustaría un viaje poco turístico.

   sería posible contactar con javierver? su relato me parece muy interesante

 gracias a todos por esta página

javierver

  • Casi, casi Vietnamita
  • ***
Re:Agua es vida: viaje al delta del Mekong
Hola Font, estaré encantado en ponerme en contacto contigo y ayudarte en todo lo que pueda.
Si hay algo que me guste es hablar de Vietnam.
Tengo tu correo. Ya te escribo.
Un abrazo.